DIARIO DE BITÁCORA II
Tenemos muchas
novedades desde la última vez que dimos señales de vida. Pero vayamos por
partes. El 24 de diciembre llegamos a Cartagena muy temprano con la más grande
de las alegrías. Después de tantos días en el mar estábamos ansiosos por llegar
a tierra y disfrutar de ella. Cartagena se había convertido en nuestro puerto
más deseado y por fin lo veíamos frente a nosotros, entre montañas marrones y
secas, bajo el cielo azul y con una temperatura que nos pareció veraniega. Tim,
el inglés, nos esperaba allí con barras de pan, jamón, queso, chorizo,
salchichón y una botella de Cava para celebrar el día de Navidad y nuestra
llegada. Todo el mundo estaba feliz. Pronto se nos olvidaron los malos ratos en
el mar y el latente mal rollo que había en la tripulación.
Después de una
ansiada y necesaria ducha (5 días sin tocar el agua), nos lanzamos a la calle
dispuestos a comernos la ciudad. El ambiente de fiesta se notaba en todas las
esquinas y en el nos mimetizamos rápidamente: cerveza, cerveza, vino, vino,
tapa, tapa… las horas pasaban y Cartagena se había convertido en el lugar más
increíble y divertido del mundo. A eso de las 8 y con una gran gran borrachera
encima, fuimos al barco a preparar la cena de Navidad con "los
mayores". Pasamos la noche juntos bebiendo, comiendo y hablando hasta que
el cansancio pudo con nosotros y nos desmayamos en nuestras respectivas camas.
A la mañana
siguiente volvió a salir el sol y Sergio, Iratxe y yo salimos a desayunar,
todavía un poco borrachos y aún contagiados de esa alegría de llegar a puerto.
Pero cuando volvimos al barco para recoger a Asi y continuar con nuestra
exploración por Cartagena nos encontramos con que Oleg estaba echándole la
bronca por todos los malos rollos y malentendidos que habían surgido durante la
navegación. El 25 de diciembre nos lo pasamos encerrados en el barco (porque
alguien tenía que quedarse a vigilarlo), alimentando nuestro desencanto y
amargados por estar castigados en el Phoenix.
La opción de
bajarnos siempre estaba volando sobre nuestras cabezas. Aunque nuestro sueño
era cruzar el atlántico ¿de verdad merecía la pena lidiar con una convivencia
de mierda? A los dos días La Conversación por fin tuvo lugar. La tripulación se
sentó a la mesa y se hablaron todos los temas a fondo. Parecía que todo el
mundo quería colaborar para que la convivencia fuera mejor, excepto El Capitán
que con su frialdad no daba muchas señas de entender lo que estaba pasando.
Después de un gran esfuerzo, la conclusión pareció ser positiva: se
establecieron horarios de guardias, normas y se hizo una estimación de cuanto
nos iba a costar en adelante.
El 28 de diciembre
el Phoenix salió del puerto de Cartagena con Oleg, Lukasz, Tim, Asi, Ira y yo
(Sergio se había ido a Galicia y nos reencontraríamos en Las Palmas). Nos
volvimos a montar no del todo convencidos pero sí con ganas de intentar que
aquello fuera para adelante. Sin embargo, no llevábamos 12 horas en el mar y ya
volvimos a parar, esta vez en un pueblo de Almería. La ansiedad nos comía por
dentro, sentíamos que el sueño estaba roto, que no funcionaba, que no nos
quedaban más fuerzas para seguir lidiando con el cabezota de Oleg ni para ver
el lado optimista de la situación. Aún así, continuamos, y el mar -o la vida-
nos dio un poco de tregua y nos regaló un día de sol y de calma. Con Tim en el
barco, todo iba mucho mejor. Su simple presencia calmaba las tensiones y
podíamos preguntar cualquier duda sin miedo a parecer idiotas.
El orden de las
guardias y de las comidas también resultó ser de ayuda y pronto nos habituamos
al nuevo ritmo del barco. Al día siguiente hubo mucha niebla, pero el mar
estaba en calma y avanzábamos. Parecía que llegaríamos a Gibraltar para
nochevieja y estábamos felices por poder celebrarla en tierra. Para nosotros el
fin de año iba a constituir también el fin del Mediterráneo que tanto nos había
puteado, y que, por lo tanto, todo iba a cambiar e iba a empezar a ir bien.
Vida nueva, nuevos mares, Atlántico por fin. ¡Pronto estaríamos en Las Palmas y
en Cuba!
En una guardia, Tim le enseño a Iratxe el
refrán: "Red in the morning, shepards worry". El amanecer del 31 de
diciembre fue el más rojo que he visto en mi vida. A las 12 de la noche solo
quedaban 50 millas para llegar a Gibraltar. A las 8 de la mañana, aún quedaban
30. Ira y Tim hicieron la guardia de esa noche. La corriente era tan fuerte que
apenas avanzábamos y Oleg siguió empeñándose en no abrir la vela mayor.
Seguimos quemando combustible hasta que nos quedamos sin gasolina. Toda la
tripulación estaba levantada, nerviosa y enfadada. La decisión final fue
retroceder hasta Fuengirola a por gasolina, lo que significaba echar por tierra
toda la lucha nocturna de Ira y Tim y retrasar nuestra llegada a Gibraltar. Los
nervios estaban muy crispados y Tim decidió bajarse del barco allí mismo. Oleg
ni siquiera preguntó por qué y Tim hizo la maleta. Para colmo, cuando llegamos
a Fuengirola resultó no haber gasolina.
La situación no
paraba de empeorar y la opción de marcharse estaba más presente que nunca.
Fuimos a tomar un último café con Tim y no paró de insistirnos en que lo mejor
que podíamos hacer era bajarnos del barco. "He is a sea man, but not a
sailor". Nos tomamos un tiempo para hablar mientras nos paseamos toda la
playa de Fuengirola. Parecía evidente que había llegado el momento, pero
costaba creerlo porque era duro aceptarlo. Tanta era nuestra ilusión por cruzar
el Atlántico que no habíamos pensado en cuestiones como la seguridad. Estaba
claro que ese no era nuestro sueño y estábamos cansados de pelear porque lo
fuera. Necesitábamos recuperar la autonomía sobre nuestro futuro y finalmente,
allí, el 31 de diciembre de 2017, en medio de los altísimos edificios de
Fuengirola, decidimos que había llegado nuestro límite.
Nerviosos pero
seguros de la decisión, volvimos al Phoenix y se lo dijimos al Capitán.
Empezamos a recopilar nuestras cosas, que estaban esparcidas por todo el barco.
Nos habíamos montado el 13 de noviembre en Guvia Marina y nos bajábamos el 31
de diciembre en Fuengirola. El Phoenix había sido nuestra casa durante todo ese
tiempo y nos partía el corazón abandonarlo tan de repente y en un lugar tan
inesperado. Nos despedimos del Capitán también con pena. A pesar de todo, para
nosotros siempre será "El Abuelo", aunque ahora probablemente nos
odie.
Cargadísimos y con
el sol escondiéndose, nos colamos en las duchas de la marina y pusimos rumbo a
Algeciras, porque nuestra amiga Mel nos iba a acoger en la cena de Noche Vieja
de su familia. Vimos Gibraltar desde el autobus. No podíamos dejar de pensar sobre
cómo la situación había dado tal giro de 360º, de preguntarnos qué habría
pasado si Tim no se hubiera bajado ¿Qué hacíamos en ese autobus yendo a
Algeciras? ¿De verdad nos habíamos bajado?
Llegamos justos para
la cena y nos acogieron con los brazos abiertos. Nos hicieron millones de
preguntas y nos recompusieron un poco el espíritu con su hospitalidad. Llegaron
las 12 y el año se acabó. Y allí estábamos nosotros, todavía sin creérnoslo.
El día de año nuevo
volvimos a comer con La Abuela y El Luisito y Mel nos llevaron en coche a las
dunas de Tarifa. Precisamente se les ocurrió llevarnos al punto exacto donde el
Mediterráneo y el Atlántico se juntan y allí nos reconciliamos con nuestro presente.
El sol se ponía, el viento soplaba fuerte y nosotros finalmente estábamos al
borde del Atlántico, como debía ser.
Esa noche nos fuimos
al piso de Mel en Málaga y por fin pudimos ponernos un pijama, disfrutar de un
sofá y descansar. Allí pasamos los siguientes días, buscando como locos una
alternativa: ¿otro barco que cruce el Atlántico? ¿Avión a Cuba? ¿Avión a otro sitio?
¿Barco en el Caribe? Todas las opciones estaban abiertas y costaba ponerse de
acuerdo entre cuatro. Además, vinieron Nieves y Giannis y la vida en Málaga nos
llamaba a gritos. Tras mucho buscar, discutir y debatir decidimos irnos el 14
de Enero a Nicaragua desde Barcelona haciendo escala en Londres y en Fort
Lauderdale (Florida). Con la decisión tomada, el vuelo comprado y habiéndonos
quitado el peso de nuestro cuerpo, nos dedicamos a disfrutar de la levedad.
Nuestra siguiente
parada fue Granada. Allí nos esperaba nuestra amiga Eva, el Albaycin y más
gente nueva. Deambulamos entre sus serpenteantes calles, nos enamoramos de
millones de pantalones en las tiendas Hippies, bailamos y bebimos y comimos
barato. La gente de las cuevas también nos acogió y nos regaló una preciosa
tarde entre cachorritos, hogares y personas únicas, una puesta de sol
impresionante, palmas y un tablao flamenco.
Continuamos el
camino hacia el norte rumbo a Zaragoza con parada en Madrid (Hola Bombi!). En
Zaragoza tuvimos la visita de los aitas de Ira y compartimos un poteo como debe
ser. Por la noche nos fuimos a Barcelona o más bien a Gràcia, porque de allí no
salimos, y el frenetismo de la ciudad nos contagió nada más llegar.
Pasamos allí 4 días
de movimiento constante, cervezas, plazas, sushi, cine, amigos nuevos y
reencuentros, flores y estrellas. Exhaustos y sin haber dormido desde hacía
siglos, llego la madrugada del 14 de enero y nos encaminamos al aeropuerto.
Dejamos atrás el invierno de Barcelona para entregarnos al calor húmedo y
pegajoso de Centro América, pero primero teníamos que superar nuestro horroroso
viaje de 24 horas por medio mundo.













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