Primeras señales de vida después de dos meses en El Perú!
Kaixo!! Aunque parezca que nos hemos olvidado de que algún
día tuvimos la idea de crear el Proyecto Pronoia, y con esto el blog, no es así.
Tampoco pensamos mucho en la frecuencia con la que íbamos a escribir, y menos
aún en las condiciones que tendríamos para hacerlo.
Los dos últimos meses han sido muy movidos, por dentro y por fuera. Sabemos que
llevamos un desfase temporal inmenso. Nos hemos dado cuenta de que estar
actualizadas y al día no es muy compatible con el ritmo y el tipo de viaje.
Pensábamos que íbamos a encontrar más frecuentemente un ordenador con una buena
conexión a internet, y desde luego menos trabas para pasar las fotos etc. En
parte escribimos esto para nuestros “yo futuro” que agradecerán tener
documentado y materializado el viaje, de una manera ordenada cronológicamente,
además de más objetiva, o al menos menos caótica de lo que pueden ser nuestros
diarios de viaje, llenos de vómitos emocionales y frases aleatorias que incluso
para nosotras pueden ser complicadas de entender.
Después de esta justificación, y aclaración de que esto va
de etapas geográficas y cronológicas, y no de días aleatorios, resumimos
nuestra estancia en El Perú:
Llegamos a Lima la noche del 6 de Febrero con nuestros cinco sentidos (y alguno más) alerta, ya que no habíamos dejado de oír lo peligrosísimo que era Perú. El taxista del hotel que vino a buscarnos nos puso la cabeza loca con la gastronomía peruana y paró en el paseo marítimo de Lima para que pudiésemos ver el mar. Aquel olor nos transportó a casa: olía a sal, a océano. Detrás de nosotras, los barrancos de Lima subiendo hasta que sus altos edificios se perdían entre la niebla.
Finalmente llegamos al Hostel y el recepcionista nos secuestró. Se tiró una hora (sin exagerar) en un monólogo sin fin en el que tocó todos los temas imaginables, desde lo salvajes que eran las mujeres de la selva, pasando por la invasión española en Perú y adornándolo con millones de historias de personas que habían estado en el Hostel, con nombres y apellidos. A todo esto, nosotras ni siquiera habíamos dejado las mochilas. Conseguimos escapar para ir a cenar y, con la cabeza como un bombo, se nos acopló un gringo que tampoco paraba de hablar. Se dedicó a hablarnos de la Ayahuasca, de plantas medicinales y de la mágia que latía en la tierra del Perú mientras esnifaba un tabaco en polvo que se llama Rapé en una pipa hippiiiisima con plumas y todo. Volvimos a casa en estado de Shock y tratamos de ordenar toda esa información en nuestras cabezas. Nos sentíamos empachadas de emociones y nos fuimos a dormir con el vértigo en el estómago de saber que estas en el momento y lugar adecuados.
El día siguiente lo dedicamos a solucionar problemas: conseguir dinero, ubicarnos en la ciudad y el país, enviar workaways, pensar en lo que queríamos hacer. El gringo volvió para enseñarnos frutas raras: chirimoya, fruta dragón y lúcuma (que sabe a nuez pero es fruta). Nos contó que en Perú había muchos tipos de maíz y de patata, frutas que jamás habíamos visto, que los mercados eran obras de arte. Así que fuimos a comer al mercado del Surquillo. Efectivamente, los mercados aquí son un caos de frutas y legumbres jamás vistas: bananas rojas, maíz negro, quinua de colores, frutas con formas imposibles. Queríamos saberlo todo y acosamos a los tenderos con nuestras preguntas. El día se nos fue descubriendo la zona de Miraflores y Barranco, que son las zonas "bien" de la ciudad, donde los turistas pasean tranquilos porque hay un policía cada cinco metros y donde los coches tienen prohibido pitar. El contraste de Nicaragua con Lima era enorme. De no ver un edificio en un mes a estar envueltas en una gran ciudad, llena de rascacielos, polvo, humo, anuncios de Coca Cola, gente, prisa...
Al día siguiente nos sentamos a desayunar con unos argentinos y el desayuno se alargó hasta la hora del mate, que es algo así como el mediodía. Ellos se iban a barranco a tocar y nosotras queríamos visitar el centro, así que deicidimos quedar a una hora en un sitio y si alguno no aparecía es que no tenía que ser. En el centro nos vimos de frente con un grave problema social de Perú: las violaciones. Resulta que dos días atrás habían encontrado muerta y quemada a una niña que había sido violada, y el centro estaba colapsado por una gran manifestación. Los periódicos estaban plagados de fotos de presuntos violadores con su correspondiente recompensa y nos dimos cuenta de lo normalizada que estaba la situación. Aquí la mujer tiene que andarse con cuidado y tiene que hacer frente a miradas amenazantes que ni siquiera pretenden sexualizarte, directamente meten miedo.
Llegamos justas a la quedada en El Puente de los Suspiros, y allí estaban los argentinos, Andy y Guille (de ahora y para siempre) estrenándose en "la gorra" con canciones que entonces no conocíamos y que ahora son imprescindibles. Pasamos la tarde en esas escaleras, cantando, conociendo gente y conociéndonos, grabando y viendo como la luz y el día se iban entre los árboles de Barranco, que estaba plagado de gente que también tocaba, bailaba y vivía. Paseamos entre la multitud y caminamos de vuelta hasta Miraflores por la costa: Lima flotaba brillante y bonita en el mar y nosotros estábamos muy felices. Esa noche nos marchábamos a Huanchaco, un pueblo costero donde unos días más tarde empezaría nuestro primer workaway, y prometimos reencontrarnos allí.
En Perú coger un autobús es como coger un avión de los caros pero pagando poco. Te recogen la maleta, el asiento se reclina hasta 160º, te dan de comer y te dan manta, almohada y peli. Llegamos por la mañana a Trujillo, el pueblo grande al que pertenece Huanchaco, y cuando fuimos a recoger nuestras mochilas descubrimos que toda la parte de abajo estaba quemada, humeaba y apestaba a ácido. Tuvimos que sacar fuerzas para pelear, a pesar de que estábamos dormidísimas, y asumimos que íbamos a invertir todo el día en esto. Al final resulta que había un paquete con ácido en la bodega y habíamos tenido la mala suerte de que se derramase sobre nuestras cosas. La cosa quedó en que la compañía se haría responsable de las mochilas e intentaría arreglarlas, así que nos fuimos camino de Huanchaco, riéndonos de la vida: eramos mochileras sin mochila con todas nuestras cosas metidas en bolsas de basura.
Huanchaco es un pueblo surfista, largo, lleno de veraneantes y de
turistas. Huanchaco es movimiento, olas grandes y con mucha fuerza, espuma,
espuma y más espuma, muchisimxs surfistas de todas partes, ceviche peruano,
muchos hostels “chévere” y eventos, eventos todo el rato. Cursos de
Permacultura, Yoga, Surf, Acroyoga, Artesania…
Al principio estábamos un poco
perdidas, seguíamos con Nicaragua dentro, y no podíamos hacernos la idea de
como iba ser el proyecto. Tras tanto tiempo de viaje y movimiento íbamos a
tener un espacio estable, un lugar donde abrir las mochilas y dejarlas
descansar por un tiempo, y a nuestras espaldas también. Nos pasamos el dia conociendo
el pueblo, viendo un campeonato de surf, y haciéndole frente a la triste
realidad de ser dos chicas que viajan “SOLAS” en Latinoamerica. A pesar de haberlo enfrentado tantas veces anteriormente, no
nos acostumbramos y de momento tenemos fuerzas para seguir siendo “las bordes
que montan un espectáculo a la mínima”.
Pronto llegaron Andy y Gixe, y con
ellos trajeron la banda sonora que ambientaría nuestras vidas durante el
próximo mes, pero aun no lo sabíamos, y ellos tampoco. En teoría venían para unos
días y luego vuelta a La Argentina. Pasamos el fin de semana saliendo, tirados en la playa, paseando en bici, comiendo helado y disfrutando de lo feliz y lo simple de la vida en un pueblo.
El lunes empezábamos en el proyecto y nos separamos de nuestros amigos con mucha pena, pero con la esperanza de que se nos volvieran a unir en Trujillo (ya nos habíamos encargado nosotras de sembrar esa idea en sus cabecitas).
Cuando se ponía el sol, nos montamos con nuestras bolsas de basura en la furgoneta que nos llevaría a nuestro nuevo hogar: confusas, nerviosas y muy muy vivas!!!







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